Cervantes:Un error en el Quijote.

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El Quijote ,que todo el mundo ha leído, “de boquilla”, tiene una incongruencia en el capítulo XXV, y es la siguiente, dice así:

Capítulo XXV .-Despidiose del cabrero D. Quijote y, subiendo otra vez sobre  Rocinante, mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su JUMENTO de muy mala gana.

Lo curioso es que Sancho en ese momento no tenía burro, ya que en el Capítulo XXIII, se lo había robado Ginés de Pasamonte mientras dormía en un paraje de Sierra Morena. Así cuando en el mismo capítulo D. Quijote le manda a visitar a Dulcinea, Sancho le pide a Rocinante ya que no tiene burro. No rectificó Cervantes el inicio del capítulo en el que se le olvidó el robo del burro.

Como vemos hasta el mejor escritor de España y posiblemente del resto del mundo tuvo un lapsus en la composición de su obra, lapsus que no rectificó.¿Se daría cuenta? o bien no repasó su obra…¿Por qué nadie se lo dijo?006

Pero posteriormente para arreglar el lapsus en algunas ediciones lo que hacen es cortar este párrafo entero, de manera que en el capítulo XXV Sancho Panza se encuentra descabalgado sin explicación alguna. Esta solución se puede observar en la edición hecha por ABC, ilustrada por Mingote, y ¡EN EL DEL PROPIO INSTITUTO CERVANTES!, NO ASÍ EN  ediciones del periódico EL Mundo y dos mas que he consultado. La Real Academia de la Lengua como casi siempre ha actuado tarde y mal.

Transcribo el trozo en el que le roban el burro a Sancho:

 

Aquella noche llegaron a la mitad de las entrañas de Sierra Morena, adonde le pareció a Sancho pasar aquella noche y aún algunos días, a lo menos todos aquellos que durase el matalotaje que llevaba, y así hicieron noche entre dos peñas y entre muchos alcornoques: pero la suerte fatal, que según la opinión de los que no tienen lumbre de la verdadera fe, todo lo guía, guisa y compone a su modo, ordenó que Ginés de Pasamonte, el famoso embustero y ladrón, que de la cadena por virtud y locura de Don Quijote se había escapado, llevado del miedo de la Santa Hermandad, de quien con justa razón temía, acordó de esconderse en aquellas montañas, y llevóle su suerte y su miedo a la misma parte donde había llevado a Don Quijote y Sancho Panza a hora y tiempo que los pudo conocer, y a punto que los dejó dormir. Y como siempre los malos son desagradecidos, y la necesidad sea ocasión de acudir a lo que no se debe, y el remedio presente venza a lo porvenir, Ginés ni era agradecido ni bien intencionado, acordó de hurtar el asno a Sancho Panza, no curándose de Rocinante, por ser prenda tan mala para empeñada como para vendida. Dormía Sancho Panza, hurtóle su jumento, y antes que amaneciese se halló bien lejos de poder ser hallado.

Salió la aurora alegrando la tierra, y entristeciendo a Sancho Panza, porque halló menos su rucio, el cual viéndose sin él comenzó a hacer el más triste y doloroso llanto del mundo, y fue de manera que Don Quijote despertó a las voces, y oyó que en ellas decía: ¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi misma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas, y finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con ventiséis maravedís que ganaba cada día mediaba yo mi despensa! Don Quijote que vió el llanto y supo la causa, consoló a Sancho con las mejores razones que pudo, y le rogó que tuviese paciencia, prometiéndole de darle una cédula de cambio para que le diesen tres en su casa, de cinco que había dejado en ella. Consolóse Sancho con esto y limpio sus lágrimas, templó sus sollozos y agradeció a Don Quijote la merced que le hacía, el cual, como entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón, pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba. Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas tan embebecido y transportado en ellas, que de ninguna otra se acordaba, ni Sancho llevaba otro cuidado (después que le pareció que caminaba por parte segura), sino de satisfacer su estómago con los relieves que del despojo clerical habían quedado, y así iba tras su amo, cargado con todo aquello que había de llevar el rucio, sacando de un costal, y embaulando en su panza; y no se le diera por hallar otra aventura, entre tanto que iba de aquella manera, un ardite.

Ilustraciones del autor del articulo.

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